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sábado, 4 de junio de 2016

Tu risa me hace libre, me pone alas.



Es 12 de septiembre de 1939, una carta es firmada en la celda 22 de la Cuarta Galería, en la Cárcel de Torrijos, en Madrid. Meses antes había caído Catalunya y se erigía en pleno el régimen franquista. Por tercera ocasión en su vida, Miguel Hernández Gilabert, es puesto preso. Su ideología política, su defensa de la libertad resultan incompatibles con las de Francisco Franco. Motivo por el cual cada celda es un paupérrimo estudio donde lo mismo plasma versos, que cartas a Josefina Manresa –su esposa- o a sus amigos en busca de ayuda. Cada trozo de papel, sin importar su origen, era el único contacto con el exterior. No había más.


La tortura, los trabajos forzados, las condiciones insalubres son el escenario que comparten Hernández y otros cientos de reos hacinados en la “cárcel más pequeña de Franco”, pero no por ello menos cruel. La celda 22, tiene apenas dos metros y medio de largo y da albergue hasta nueve personas. En los primeros días de septiembre Miguel Hernández recibe una misiva firmada por Josefina Manresa. En ella le pone al tanto de la difícil situación económica por la que atraviesa y que impacta en el pequeño Manuel Miguel Hernández Manresa. El poeta se refugia tres o cuatro días en su celda. Soporta los constantes ataques de chinches, pulgas. No sale, ni siquiera, a ver el patio que inspiró su “Ascensión de la escoba” cuando fue castigado a barrerlo.

En esos días de retiro sólo tiene por confidente una vieja libreta que lo ha acompañado desde marzo de ese año. A la vuelta de la cubierta, de acuerdo con Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia, Hernández escribió los siguientes versos:

Si este libro se perdiera,
como puede suceder,
se ruega a quien se lo encuentre
me lo sepa devolver.
Si quiere saber mi nombre
aquí abajo lo pondré.
Con perdón suyo, me llamo
M. Hernández Gilabert.
El domicilio, en la cárcel.
Visitas de seis a seis.

Hernández vivía para la poesía y por la poesía. Esta libreta sería el borrador de su poemario Cancionero y romancero de ausencias. Esos días de reclusión dentro de la cárcel, es probable que la imagen de sus hijos, uno muerto y el otro con hambre, además de la de su mujer, no dejaran de darle vueltas a su cabeza. Desde sus años de pastor aprendió a componer y estructurar la métrica mentalmente. Por ello su cuaderno es el borrador y, para algunos, diario de los días en prisión en ese lejano 1939.

Esta semana, como las anteriores, llega martes y no ha llegado tu carta. También empiezo a escribir ésta para que me dé tiempo a echarla después, cuando el correo me traiga la tuya, que no creo que falte hoy. Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí, y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles, te mando esas coplillas que le he hecho, ya que aquí no hay para mí otro quehacer que escribiros a vosotros y desesperarme.
Prefiero lo primero y así no hago más que eso, además de lavar y coser con muchísima seriedad y soltura, como si en toda mi vida no hubiera hecho otra cosa. También paso mis buenos ratos espulgándome, que familia menuda no me falta nunca, y a veces la crío robusta y grande como el garbanzo. Todo se acabará a fuerza de uña y paciencia, o ellos, los piojos, acabarán conmigo.
Pero son demasiada poca cosa para mí, tan valiente como siempre, y aunque fueran como elefantes esos bichos que quieren llevarse mi sangre, los haría desaparecer del mapa de mi cuerpo. ¡Pobre cuerpo! Entre sarna, piojos, chinches y toda clase de animales, sin libertad, sin ti, Josefina, y sin ti, Manolillo de mi alma, no sabe a ratos qué postura tomar, y al fin toma la de la esperanza que no se pierde nunca.
Así veo pasar un día y otro día, esperanzado y deseoso de correr a vuestro lado y meterme en nuestra casa y no saber en mucho tiempo nada del mundo, porque el mundo mejor está entre tus brazos y los de nuestro hijo. Aún es posible que vaya para el día de mi santo, guapa y paciente Josefina. Aunque yo, la verdad, creo que estos amigos míos llevan las cosas muy despacio. Han estado de vacaciones fuera de Madrid y han regresado esta semana pasada.
No han podido venir a verme porque ahora es imposible para todo el mundo. Es casi seguro que los veré la semana que viene. Me decías en tu anterior que guardara la ropa cuanto pudiera. No te preocupes, que si no tengo ropa cuando salga, con ponerme una mano en el occipucio y otra en el precipicio, arreglado. Así y todo procuro conservarla y uso la más vieja y todo son cosidos y descosidos y ventanas por todas partes. El pijama se me ha roto y le he puesto un remiendo que es media camisa, porque se me veía toda la parte de atrás y era una verdadera vergüenza. Por lo que a mí me pasa, me figuro lo que os pasará a vosotros y como esto siga así, me veo contigo como Adán y Eva en el Paraíso.
¡Ay, Josefina mía! No nos queda otro remedio que aguantar todo lo malo que
nos viene y nos puede venir, para el día que nos toque aguantar lo bueno. ¿Verdad que llegará ese día? Yo nunca he dudado de que llegará y de que seremos más felices que hasta aquí hemos sido. Esta separación nos obliga a respetar a nuestro Manolillo más que respetamos al otro. Manolillo del que no dejo de acordarme nunca. Dentro de un mes hará un año que se nos murió. Eso de que el tiempo pasa de prisa, para nadie es más verdad hoy como para nosotros y a mí me cuesta trabajo creer que ha pasado un año desde que cerró nuestro primer hijo los ojos más hermosos de la tierra. Dios, a quien tú tanto rezas, hará que el día diecinueve de octubre lo pasemos juntos, si no hace que lo pasemos el día ventinueve de este mes.
No quisiera pasar, ese día lejos de ti. Iremos a dar una vuelta al campo y si tú eres decidida, visitaremos la tierra donde nos espera. Tengo ganas de hablar contigo. La otra noche soñé a Manolillo ya con cinco o seis años de edad. Cuídalo mucho, Josefina que crezca fuerte y defendido contra toda enfermedad. Cuando te sea posible come mucha fruta y mucho vegetal, principalmente patatas. Es lo que más conviene a tu salud y a la de nuestro sinvergüencilla.
No me dices muchas cosas suyas. Supongo que ya hablará más que un loro. Si supieras que ganas tengo de oír su voz: se me ríen los huesos sólo de imaginarla, con que mira lo que me voy a reír el día que la oiga de verdad. Dime el peso que tiene, que no lo has pesado hace mucho tiempo. Estoy enfadado con Manolo y con las Marianas, a ninguno de los cuatro se les ocurre escribirme unas letras. No se acuerdan de mí, que no los olvido.
Dime también algo de la abuela y la tía, que tampoco me han mandado una sola letra (...). Bueno. Voy a dejar el lápiz y a esperar tu carta, a ver qué me trae de bueno. Nada. Hoy no recibo carta tuya. No me gusta que te retrases en escribirme. Vaya plantón que me he llevado al pie del que vocea el correo. No hay derecho.
Espero que me digas algo de nuestra familia de Orihuela, de mi madre especialmente y de la de Pepito. Anteayer he recibido una carta de un amigo de la huerta, Trinitario Ferrer, muy amigo de mi hermano y me dice que se ve con él todos los días. Di a Vicente que le diga que por ahora no puedo contestarle, pero que me alegra mucho saber de él.
Voy a terminar mi carta diciéndote que seas menos perezosa conmigo o de lo contrario no te voy a escribir en un mes. Y nada más porque no parezca larga ésta a la censura y porque hagan todo lo posible para que llegue a tus manos.
Manolillo: adiós, un beso ¡pum! Otro beso ¡pum! Otro, otro, otro, ¡pum, pum, pum!
Manolo: escribe, dejando a un lado por un rato las barbas y las perezas.
Marianas: a ser buenas y a pelearos una vez a la semana solamente.
Josefina: recibe para ti y para nuestro hijo y para nuestros hijos mayores el cariño encerrado y empiojado y ... perdido de tu preso
Miguel.
¡Adiós!'

El último poema del cuadernillo contiene las “coplillas” dedicadas a Manuelito, sin título. Años después se conocerían con el nombre de “Nanas a la cebolla”.

[Dedicadas a su hijo, a raíz de recibir una carta de su mujer, en la que  le decía que no comía más que pan y cebolla]

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.

Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.


jueves, 17 de julio de 2014

La inspiración negada

Eduardo Campech Miranda.


Después de dos frustrados intentos, vuelvo al papel. Estas líneas me han sido más difíciles que hacerles la carta a los Reyes Magos. Confieso que intenté escribir en torno a la concepción del Ser Supremo en Platón, pero mis tres pelos de tonto lo han impedido. También consideré realizar una disertación de los triángulos, aunque mi experiencia se remite a los de tintes amorosos solamente. Por eso prefiero un cuarto a un tercio, pero sí un trío a un cuarteto. Pero volvamos al texto y no a confesiones personales, las cuales, dicho sea de paso, son problema de dos, de tres ya es chisme.

Me encomiendo a la Santísima Trinidad y mis dedos vuelven al teclado, intento ser crítico literario: “¡Ah! Vastedad de pinos, rumor de olas quebrándose,/lento juego de luces, campana solitaria,/crepúsculo cayendo en tus ojos, muñeca,/caracola terrestre, ¡en ti la tierra canta!”, el poema Tres de Pablo Neruda ha sido opacado, principalmente, por los poemas Quince y Veinte…

¡Tantas cosas con relación al 3 y no logro hilvanar tres ideas!: The Three Stooges, Los Tres Cochinitos y el Lobo Feroz, Los Tres Mosqueteros, Los Panchos, Los Tres Caballeros, The Police, los tres deseos que se piden al genio o Los Tres Pelos de Oro del Diablo, Fernández-Figueroa-Magdaleno. Me quedo con los deseos: 1) Abordar el metro de la Ciudad de México en Universidad y bajarme hasta Indios Verdes, en un vagón sólo para mí, en horas pico; 2) resolver, sin calculadora, una raíz cúbica y 3) que todos mis deseos se tripliquen por siempre.


Recuerdo que cuando niño jugaba futbol, los defensas siempre pelábamos por el número tres. Ese mismo que portaba Fernando Quirarte en la espalda. Algunas ocasiones lo obtuve, otras, me tuve que conformar con el que me asignaban. Ese número era el objeto del deseo, movíamos agua, tierra y aire con tal de conseguirlo. Ofrezco disculpas a mis tres lectores, la inspiración y las musas, me han negado tres veces.

Publicado en "La Gualdra", suplemento cultural de La Jornada Zacatecas, junio 2 de 2014.

lunes, 26 de agosto de 2013

Cien

Eduardo Campech Miranda

El número cien me parece, después del siete, un número enigmático, emblemático. De alguna manera recuerda a los castigos escolares: -Escribe cien veces en tu cuaderno, “debo cumplir con la tarea”. A partir de ahí Cien fue siempre algo inmenso, inconmensurable. No sé si porque no tenía bien afianzada la noción de cantidad o porque al momento de dormir contaba borregos y quedaba atrapado en los brazos de Morfeo, mucho antes de llegar a cincuenta. Cien también era la imagen de Carranza en tono morado. Imagen que sumaba cinco veces la de Morelos azulada.

Con el paso del tiempo el cien iba cambiando de dimensión. Cien metros ya no eran tantos (ni tampoco los cien pesos, y eso que aún no le quitaban los tres ceros a nuestra moneda). Eran cien horas las que Calamaro pasaba bajo la lluvia y mucho amor el que sentía para aguantar tal suplicio. Cien años de soledad era mi destino con los libros. Cien sonetos de amor el plagio de Mario Jiménez y de un servidor. Cien veces cien las voluntades de aquel septiembre negro. Cien veces, decía mi madre, me decían que ordenara mi habitación, mismas cien que me preguntaba ¿en qué momento las contó?

Cien también es el límite de las fatalidades y el parámetro para los tontos que las aguantan. Si Chabela Vargas se tomo todo el tequila, entonces es de suponer que había más de cien litros. Rubén Fuentes pensaría en la amada cien años, claro, si los llegaba a vivir. Con cien latigazos se castigó a una joven abusada sexualmente en las Islas Maldivas. Duncan Dhu se pregunta a dónde irán cien gaviotas. La compañía telefónica nos ofrece cien minutos “gratis” a celulares (aunque esa gratuidad venga incluida en otros conceptos). Cien veces, o más, vi a los telettubies en la primera infancia de mi hijo.

Cien pasos ya es película y no sólo una medida de longitud. Cien años de revolución olvidada, aún con sus Cien días que conmovieron al mundo. Cien orgasmos diarios tiene una mujer británica. Cien días el primer pretexto gubernamental para hacernos creer que las cosas cambiaron. Cien, cien, cien. Cien mentiras (aunque hay más) que valen la pena nos dice aquel poeta, el cual también aconseja, que si queremos vivir cien años, no vivamos como él.


Publicado en "La Gualdra", suplemento cultural de La Jornada Zacatecas, marzo 13 de 2013.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Ciudadan@s así, necesita este país.

El jueves 6 de octubre del presente año, acudí con mi familia a una de las funciones en el Teatro Calderón del Festival Internacional de Narración Oral. Durante la función, me encontraba envuelto en las palabras de la guanajuatense que se presentaba, sin percatarme que del pants que llevaba caía mi cartera a la butaca.

Decidimos no quedarnos a la segunda función. En la avenida Hidalgo, casi esquina con avenida Juárez, quise portarme generoso con mi familia e invitarles unas crujientes campechanas (si la sangre llama a la sangre, la fonía llama a la fonía). En ese momento eché de menos la cartera. De inmediato me regresé al teatro. Ya había dado inicio la segunda función. Acudí hacia la fila donde había estado sentado, pero al verla ocupada y a los espectadores tan involucrados con el evento, que me dio pena interrumpir. Salí preocupado, con la imperante necesidad de llegar pronto a casa y cancelar las tarjetas (las cuales en realidad o no contaban con fondos o tenían un crédito pírrico). En la cartera también iban la licencia vencida, la credencial del IFE, y otras identificaciones, además de documentos pequeños diversos, y trescientos cincuenta pesos.

Al llegar a casa lo primero que hice fue tomar el teléfono y reportarme al banco. Publiqué en Facebook, tanto en mi muro como en el grupo “Zacatecas”. Los comentarios no eran nada halagüeños. Mi familia me preguntaba cuánto dinero tenía y yo respondía. Los días pasaron, pero era extraño no poder realizar varios trámites porque no contaba con un documento que avalara mi identidad (ahí supe que tener muchos amigos en el face poco vale legalmente), era extraño no contar con una identidad para las autoridades. Llegó la quincena y un compañero samaritano me cambió mi cheque. Había acudido al IFE, para tramitar una nueva identificación, pero ante la imposibilidad de presentar un documento que les asegurara que yo soy quien soy (y que tampoco me parezco a “naiden”), me pedían acudir acompañado de dos testigos, acta de nacimiento y comprobante de domicilio. No hice nada. Pasaron una, dos, tres semanas, y me preguntaba a mi mismo, ¿en qué basurero habría quedado mi cartera?

Mi amiga Ángeles Valle me invitó a participar en un evento de flamenco, lectura, cante jondo, video. Trabajamos para presentarlo el 4 de noviembre en el ex Templo de San Agustín, como parte del Festival de la Muerte 2011. El evento se anunció, entre otros espacios, aquí, en “La Gualdra”. Como no hay plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague, con emoción estuvimos en San Agustín. Teníamos más espectadores de los que en realidad esperábamos.

Mientras las chicas (Fátima, Ianthé, Casandra y Sofía) del Taller de Flamenco del Instituto Zacatecano de Cultura bailaban, Ángeles me pidió acudir con quien manejaba el sonido (Margarita) para darle una indicación. Al pasar entre el público (después de haber leído en el escenario), se acercó una señora y me preguntó: “¿Usted es el maestro Eduardo Campech?”. Apresurado como lo ameritaba la situación, respondí: -A sus órdenes, sólo permítame unos cinco minutos en lo que termina la presentación y con todo gusto la atiendo.

Una soberbia interpretación de una sevillana daba el toque final a “Lamento y quejío”. Los participantes salimos a agradecer y disfrutar de los aplausos. Entre bambalinas, y entre felicitaciones y autofelicitaciones, me volvió a abordar la señora, quien ahora dijo: “Tengo un mes buscándolo” (inmediatamente pensé en que esa acreedora no la conocía), “soy su lectora. Todos los lunes lo leo en La Gualdra, y tengo algo suyo”. ¡Mi cartera! En ese momento, embriagado por el júbilo y satisfacción de la presentación, sólo atiné a darle un abrazo, un agradecimiento y manifestar mi felicidad y admiración por el hecho. Ahí mismo se encontraba Jánea Estrada, de inmediato le conté lo sucedido y la presenté. La señora Myrna Rivas, me hacía feliz: me entregaba mi cartera con las identificaciones tan necesarias (así me evitaba un montón de trámites burocráticos); me capitalizaba ya que mi quincena se había hecho agua (cortesía de las políticas neoliberales), y ¡conocía a alguien que me lee! Por esos mismos actos, se ganó mi admiración: su grado de honradez (la cartera estaba intacta, cual si la hubiese tirado momentos antes) y su estoicismo para leerme cada semana, son dignos de aquilatar.

PD Señora Myrna Rivas, sé que lee estas líneas, y por este conducto quisiera pedirle que si por favor nos podríamos volver a ver. Tengo una deuda eterna con usted y deseo gratificar el gesto. Me puede encontrar en la Biblioteca Mauricio Magdaleno de lunes a viernes de nueve a quince horas; los martes de dieciocho a veintiún horas, en esos mismos horarios en el teléfono 92 4 05 62 o al correo electrónico. Saludos.

Publicado en La Gualdra, suplemento cultural de La Jornada Zacatecas, noviembre 14 de 2011.